Este 15 de octubre, Día Internacional de la Mujeres Rurales, las nombramos protagonistas en las industrias transformadoras de nuestros pueblos: las pioneras de ayer, y las vanguardistas de hoy.

Este año el 15 de octubre – Día Internacional de las Mujeres Rurales – tiene un significado especial ya que Naciones Unidas ha declarado 2026 Año Internacional de la Agricultora, una iniciativa de la FAO para reconocer el papel de las mujeres en toda la cadena agroalimentaria, también en la transformación.
Desde ALINAR queremos mirar atrás y mirar alrededor: a las conserveras que pelaban espárragos a mano en la Ribera a principios del siglo XX, y a las profesionales que trabajan hoy en líneas productivas, logísticas, laboratorios de calidad y seguridad, innovación, y demás los departamentos que hoy fortalecen a la industria agroalimentaria transformadora.
Las pioneras: industria conservera, trabajo femenino
Desde finales del siglo XIX, las mujeres desde sus casas se encargaron de las tareas más delicadas de la conserva vegetal en Navarra, La Rioja y Aragón: pelar, limpiar , seleccionar y envasar. Empezó como trabajo de temporada para completar la economía familiar, ligado a los ciclos de cosecha (brócoli en invierno, tomate y espárrago en primavera/verano). Y acabó convertiendose en un oficio que se aprendía en comunidad, y se legaba de madres a hijas.
El sector creció con ellas. En Navarra, por ejemplo, en torno al 60 % de las plantillas eran mujeres, según un estudio sobre la Ribera de Tudela.
Algunas no solo trabajaron en la fábrica: la fundaron. Amalia Herce puso en marcha El Navarrico junto a su marido en los bajos de su casa en los años sesenta. Llenaba tarros, trataba con agricultores y proveedores, y se abrió paso en el mundo de la conserva. Pero además, dedicaba su vida a su familia ya su casa. Hoy, nuestra empresa socia El Navarrico, supera los 15.000 m² y exporta a 30 países.
Entre el campo, la fábrica y la casa

A mediados del siglo anterior, la vida de las conserveras no era fácil: muchas entraban a trabajar con 14 o 15 años dejando la educación a un lado; las jornadas eran maratonianas de hasta 16 horas, con irregularidades y falta de cobertura con la Seguridad Social; y los salarios femeninos eran notablemente inferiores a los masculinos.
En aquellos años, las mujeres de la industria transformadora dedicaban sus esfuerzos a las tareas manuales: pelar, seleccionar, embotar, etiquetar y limpiar productos. Los puestos de supervisión y manejo de maquinaria estaban reservados a los hombres. Además, las mujeres compartían sus trabajos en la fábrica con la doble jornada en los hogares: las tareas y el cuidado de la familia.
Pese a todas estas condiciones desfavorables, la obra de mano femenina fue clave para la transformación de las industrias artesanales en automatizadas, dotando de competitivas al mercado del Valle del Ebro.
Del bote a la conserva, al ultracongelado y al plato listo
A partir de 1980, se vislumbraron las primeras tecnificaciones en los procesos de fabricación, y la exigencia de la legislación laboral comenzaron a cambiar la vida de muchas de estas trabajadoras. Algunas se convirtieron en operarias de máquinas, con más formación y contratos más estables. Y sobre todo, la conserva les ofreció un salario propio.
En muchos hogares de las tres comunidades, ese ingreso extra dio a las mujeres una autonomía nueva. Y la fábrica fue también un lugar de comunidad, donde se compartían oficio, conversación y redes de apoyo entre ellas.
El saber hacer de las antiguas conserveras no desapareció: se trasladó a nuevas transformaciones de productos, a la selección de materia prima y al control de calidad.
Las conserveras de hoy
La conserva sigue siendo uno de los sectores industriales con más presencia femenina. Más del 70 % personas que trabajan en las conserveras de Navarra, La Rioja y Aragón son mujeres.

Los perfiles de las trabajadoras se han diversificado, pero los datos apuntan a que la mano de obra femenina sigue mayoritariamente en las fábricas. En el área de pelado, selección, envasado y etiquetado, la presencia de mujeres alcanza o supera el 85%.
Sin embargo, se amplia la dinámica laboral, y actualmente las mujeres en la industria agroalimentaria son técnicas de calidad y seguridad alimentaria, ingenieras de procesos, responsables de I+D, expertas en exportación y gerentes de empresas familiares e internacionales.
Por ejemplo, en Azagra, nuestro socio Grupo Virto instaló su primer túnel de congelación para servir coliflor congelada a la industria alemana a finales de los 70. A día de hoy, es una compañía internacional experta en ultracongelación con directivas femeninas.
El camino que nos une
La industria agroalimentaria es uno de los grandes motores de empleo en nuestros pueblos y puede ayudar a frenar la salida de mujeres jóvenes hacia las ciudades, un fenómeno que el Ministerio de Agricultura llama «huida ilustrada». Para conseguir este cambio, las mujeres rurales tienen que estar dentro.
La presencia femenina sigue siendo alta en las industrias transformadoras, pero todavía desigual en cuanto a las condiciones laborales. En La Rioja, las mujeres son cerca del 70 % de la plantilla conservera, pero únicamente ocupan el 15% de los puestos de gerencia y responsabilidad (elDiario.es).
Como sector agroalimentario, nos unen una serie de retos que compartimos para cambiar por completo los índices desfavorables de la mujer rural:
- Liderazgo: abrir más puestos directivos y técnicos de responsabilidad a las mujeres. Pasar de ser mano de obra, a ser quiénes deciden.
- Estacionalidad: romper la mayor temporalidad en los empleos femeninos de las industrias.
- Conciliación: trabajos compatibles con la vida familiar en el medio rural e infraestructuras para aliviar la carga doméstica.
- Formación: la automatización y la digitalización piden nuevas competencias, y son una oportunidad para crecer profesionalmente.
- Relevo y arraigo: condiciones sociales, laborales y de empoderamiento que unan a las mujeres con el territorio y el producto, y animen al relevo generacional femenino.
Desde ALINAR, decimos GRACIAS a las mujeres pioneras que fueron transformando la industria y con ella, los pueblos, y a la mujeres conserveras de hoy, que con el mismo espíritu crean la agroalimentación del futuro desde un nuevo prisma.